viernes, 31 de octubre de 2008

El paro y las incompatibilidades





La amable funcionaria de la Oficina de Ocupación no dudó ni un segundo. Ante mi semblante atónito, me lo repitió por segunda vez. Efectivamente, si quería completar la prestación mensual del paro, menosdemileurista, con alguna que otra colaboración ocasional en un medio de comunicación, debía aportar las facturas cobradas para que me descontaran los importes de la prestación de desempleo. Es decir, los dos ingresos eran compatibles pero no acumulativos, con lo cual el trabajo realizado no revertería ninguna ganancia adicional, anulando así la esperanza de llegar a fin de mes con un poco de dignidad. ¿Alguien se extraña de que exista la economía sumergida?



Dio la casualidad que el mismo día se publicaba en los diarios la noticia de que el Congreso había aceptado la compatibilidad, esta vez acumulativa, de los ingresos como diputado del señor Acebes con los derivados de su nueva actividad como abogado. O sea, que el señor Acebes y otras señorías en una situación análoga no deben restarse las ganancias de su actividad privada de los 60.000 euros anuales que cobran en el Parlamento. ¿Y además no fichan, pueden salir al extranjero libremente, asistir o no asistir a las sesiones y cobrar dietas del erario público? ¿Y quién ha aprobado tan grandes ventajas? Por lo visto, diputados como él.

Ésta no es la única limitación que tiene un parado que intenta salir adelante. Por lo visto tiene que estar “a disposición de los Servicios Públicos de Empleo españoles”, lo cual implica que para seguir cobrando la prestación sólo se puede salir al extranjero un máximo de 15 días al año acumulados y siempre que se comunique la salida y se autorice el traslado. Si uno quiere pasar más de 15 días fuera puede suspender el cobro del paro para retomarlo a la vuelta, pero sólo si se sale a buscar trabajo, a estudiar o a colaborar como voluntario en una ONG. En cualquier caso, a la vuelta se ha de justificar cada uno de estos supuestos desde el primer al último día, con un certificado oficial que lo corrobore. Nada de salir, pues, para buscarse la vida, relajarse un poquito en casa de algún amigo europeo, realizar un viaje de autoconocimiento largamente postergado o simplemente, para visitar a un familiar que vive fuera. En todos estos casos, si se superan los 15 días, el Instituto de Empleo puede anularte la prestación. Ni siquiera se puede solicitar una suspensión, durante el tiempo que dure la salida, si el motivo no es uno de estos tres supuestos establecidos. Es decir, que aunque no cobres nada del erario público, tampoco puedes estar fuera si no quieres arriesgarte a perder la prestación económica a tu vuelta. ¿No es esto algo parecido a estar secuestrado en tu terruño? ¿Qué daño se hace al Estado y a sus contribuyentes si no les cuesta nada tu estancia en el extranjero?

¿Para cuándo un sindicato de parados?

Las enseñanzas del rey Lear. La historia se repite.





Éste es un artículo publicado en el año 2002 en el diario digital Informativos.info, ya desaparecido. Entonces denunciaba las ayudas públicas recibidas por una empresa privada multinacional que cerró dejando en la piqueta a cientos de trabajadoras. La historia se repite estos días con el presunto cierre de la fábrica catalana de Nissan, receptora de ayudas públicas de más de 40 millones de euros en pocos años. El color del gobierno de turno -Aznar/Pujol entonces, Zapatero/Montilla ahora- no es ninguna garantía para el uso responsable de los recursos públicos. Se sigue pensando que ayudar a las empresas sin contrapartidas ni compromisos es la forma adecuada de "activar la economía" en beneficio de todos. Nadie aprende de los errores del pasado ni nadie dimite por incompetente.



No, no se trata aquí de analizar las enseñanzas sobre las pasiones humanas que podemos extraer del drama de Shakespeare. Se trata de aprender de las consecuencias que una decisión fría y calculadora, tomada a miles de kilómetros de distancia, tiene sobre la vida de miles de trabajadores, y de cómo nuestros poderes públicos son corresponsables de este drama real y cercano.

Hace unos meses, en un despacho de Detroit, un grupo de directivos de la compañía Lear, una multinacional de la industria del automóvil, acordó cerrar 21 de sus fábricas, repartidas por todo el mundo. La semana pasada trascendió a la opinión pública que una de estas fábricas estaba situada en Cervera, un pueblo leridano. Más de 1200 personas, un 80 % mujeres, se quedarán sin cobrar uno de los salarios más bajos de España del ramo del metal. Entre los trabajadores afectados se encuentra también un centenar de presos de centros penitenciarios de Lleida y Tarragona que, a través de una iniciativa de la Generalitat, trabajaban para la compañía. La fábrica es rentable, ha obtenido cuantiosos beneficios en los últimos años, pero parece ser que en los países del Este los salarios son todavía más bajos y los sindicatos tienen poca fuerza. Allí trasladará la multinacional parte de la producción desmantelada. La decisión es muy racional y utiliza un argumento bien simple: cuanto más barata es la mano de obra, mayor es el beneficio. ¿Por qué nos escandalizamos tanto? ¿No se trata de una lógica perfectamente clara la que sigue este rey del cálculo neoliberal? Puedo imaginarme a los ejecutivos delante de gráficos, estadísticas y simulaciones, escuchando atentamente al responsable de la planificación estratégica. Total, ¿quién conoce a esos pobres desgraciados de nombres tan impronunciables como Fuster, Conillera o Solà? Si fueran nuestros vecinos nos lo pensaríamos dos veces, no fuera que se les ocurriera romper los cristales de nuestras casas. Pero estando tan lejos ...

Más o menos por la misma época en que la compañía de Detroit tomaba esta decisión, el movimiento antiglobalización se manifestaba contra el Banco Mundial por las calles de Barcelona. El presidente de la Generalitat, Honorable señor Jordi Pujol, arremetió entonces contra los movilizados tildándolos de revoltosos que no ofrecen ninguna alternativa. Parece ser que el Honorable señor Jordi Pujol sí tenía y tiene la solución a nuestros problemas. Todo consiste en subvencionar a empresas globales y en facilitarles cualquier tipo de ayuda para que se instalen en nuestro país. ¡Benditos sean los puestos de trabajo! Se busca el lugar con el peor convenio colectivo, se paga formación a mujeres y reclusos con dinero público, unas rebajitas fiscales por aquí, unas infraestructuras gratuitas por allá, y el capital fresco inunda nuestras tierras. Pero el President debería saber que el capital se mueve como pez en el agua en este mercado único y que, tan pronto como llega, se reproduce y se va. La misma ignorancia anida en las palabras del alcalde de Cervera cuando declara “no esperábamos tanta ingratitud de la multinacional Lear”. El gobierno municipal se había dejado también sus dineros en mejorar los accesos a la fábrica y en pagar el transporte de los trabajadores, además de otras ayudas. La ingenuidad puede ser positiva en boca de quien, sin armas ni experiencia, se lanza hacia la utopía. Pero desde la responsabilidad política, cuando se manejan recursos públicos y se tiene poder para decidir su uso, la consecuencia de la ingenuidad sólo puede ser una: malversación de fondos.

Este caso debería servir para ilustrarnos acerca de los efectos que la lógica del capital tiene sobre nuestras vidas. La globalización neoliberal no atañe sólo a lejanos países del Tercer Mundo. Allí, sin duda, se da en toda su crudeza. Pero quizás, si nos damos cuenta de que nosotros o nuestros vecinos también somos víctimas de este pensamiento único, podremos por fin motivarnos a pensar, entre todos, en las alternativas posibles. Empecemos a buscarlas a través de un enunciado bien simple: no queremos puestos de trabajo a cualquier precio, lo que queremos es que nuestras necesidades, tanto materiales como espirituales, estén cubiertas. Las nuestras y las de cualquier habitante del planeta. ¿Aprenderán nuestros gobernantes algún día la lección? El rey Lear se ha ido pero sus hijas no lo van a llorar porque otra lógica, más humana, más ética, es posible.

jueves, 30 de octubre de 2008

El nuevo paradigma científico: ¿nueva Ciencia o vieja Filosofía?





En el año 1995 publiqué este artículo en la revista Mania de la Universidad de Barcelona, de la cual fui uno de sus humildes fundadores. Me ha parecido oportuno recuperarlo para esta web por su vigencia y como paradigma de mis pensamientos sobre la ciencia.



El estudio social de la Ciencia ha sido crucial a la hora de desenmascarar a ésta de sus pretensiones absolutistas. No solo ha mostrado la densa malla de relaciones tejida entre Ciencia, Tecnología y Sociedad con sus mutuas implicaciones, coartadas y justificaciones, sino que además ha acentuado el carácter parcial y relativo tanto del supuesto “método científico” como de las teorías científicas. Desde Kuhn -la lectura y reflexión en torno al hilomorfismo aristotélico despertaron sus controversias sobre cuestiones metacientíficas- y su concepto de paradigma como marco histórico-conceptual en el que nace y se desarrolla una teoría, la Filosofía de la Ciencia ha dado un giro de 180 grados en el análisis de su objeto de estudio, aunque todavía hoy persistan excepciones tardías imbuidas en el antiguo paradigma de la modernidad.

Sin embargo el estatuto de la Ciencia sigue estando muy alto, tanto para la miopía política que sigue subvencionando a ciegas todo proyecto que se enmarque bajo la etiqueta de científico, como para la sociedad en general, que tiene puestas sus esperanzas -vanas esperanzas- en el progreso científico y acepta únicamente y sin posibilidad de crítica, como si de un dogma de fe se tratara, cualquier explicación que emane de la comunidad científica. Prácticamente todos los medios de comunicación disponen de un apartado o suplemento en el que se difunde sin cesar la imagen estándar de la Ciencia, esa según la cual la Ciencia nos libra o va a librar de todos los males, profundiza en los misterios de la Naturaleza descubriendo una y otra vez los oscuros velos que esconden la Verdad y proporciona al ser humano confianza y seguridad, la sensación de que todo está controlado, incluso su libertad.

El énfasis desmesurado que se pone en la pretendida separación entre Ciencia y Tecnología salvaguarda la responsabilidad de la primera ante cualquier lamentable desgracia de la ciencia aplicada. Estos accidentes, que a punto han estado en varias ocasiones de enviar al hombre al cajón de las especies extinguidas, son incomprensiblemente tolerados por la sociedad como un mal menor, como la contrapartida, el precio que hay que pagar por la exitosa actitud prometeica de nuestra cultura occidental, como si nuestro hígado fuera sólo un apéndice que vale la pena sacrificar, sin tener en cuenta que con él el águila devora también nuestra fuerza vital, es decir, nuestra alegría de vivir.

Se sigue vendiendo la idea de que el error se combate con más ciencia, de que existe una ciencia básica, de que la Ciencia es el único saber verdadero y su discurso el único a tener en cuenta, -¿cómo podría sino explicarse el devastador efecto del trabajo sobre las revoluciones científicas del físico Kuhn?-. Pero tanto la ciencia que se explica al gran público como las cosmovisiones científicas construidas en nuestro siglo no son ciencia en sentido estricto. Sabedores de que lo que realmente interesa a la gente sobre la Ciencia es lo que de Filosofía hay en ella, la propaganda científica adjunta a los logros tecnológicos obtenidos, desarrollos teoricistas que hablan sobre el Universo, sobre la vida, el espacio y el tiempo, el azar y la necesidad, el indeterminismo o el caos.

Pero en este punto se impone una tarea filosófica esencial. Lejos de la mirada acomplejada que la Filosofía tradicional de la Ciencia ha proyectado, lejos de la idealización que desde la Filosofía se ha hecho de la Ciencia como una “hija aventajada” -hija cruel que a punto ha estado de matar a su madre-, una Filosofía crítica de la Ciencia puede contribuir a hacer bajar de su pedestal a esta nueva Religión y arrastrar sus teorizaciones al terreno de la discusión filosófica, quitarles el Aurea cientifista que las hace intocables y verdaderas.

La íntima relación entre Ciencia y Tecnología queda patentizada cuando comprendemos que el trasfondo de la mirada científica y de todos sus presupuestos y prejuicios -aquello que no se expresa explícitamente- sigue las dos máximas siguientes, extraídas del análisis que Nietzsche hace del pensamiento socrático en “El nacimiento de la tragedia”:

“Solo existe lo que puede ser conocido”
“Solo puede ser conocido lo que puede ser transformado”.

Es decir, si algo no tiene visos de ser transformado -mediante alguna tecnología- queda fuera del conocimiento teórico, fuera del alcance de la Ciencia, y por lo tanto no es Verdad, o sea, no existe. La superación de este nihilismo radical propio de nuestro tiempo en el que se ha convertido el optimismo teórico primigenio pasa por la inversión de estas máximas en otras como:

“El ámbito de lo cognoscible es mayor que el de lo cognoscible científico”
“Lo cognoscible no es ni mucho menos solamente lo transformable” o, en todo caso, “El que algo no sea cognoscible no quiere decir que no exista”.


Hoy en día las superteorías científicas -teoría de la relatividad, mecánica cuántica, teoría del caos- gozan de enorme popularidad y aceptación. Por una parte reflejan un aparente progreso de la Ciencia mediante conceptualizaciones abstractas que abarcan cada vez mayores ámbitos, incluyendo a las anteriores teorizaciones hoy obsoletas como simples casos particulares. Por otro lado sus complejas formulaciones, sus esotéricas conclusiones y sus dificilmente comprensibles resultados la acercan a la arquetípica idea de Verdad (“la auténtica naturaleza de las cosas suele estar oculta”, decía Heráclito).

Esta nueva Ciencia, no exenta de los influjos posmodernos de nuestro tiempo, se aleja de los postulados de la Ciencia estándar que intentan justificar y fundamentar todo el conocimiento. Es como si a base de focalizar demasiado en el ámbito de lo pequeño, de aumentar el campo de visión en el ámbito de lo grande, de pretender estudiar una complejidad orgánica que desborda al observador atemporal, de abstraer, de “des-subjetivar” al máximo, la nueva Ciencia hubiera llegado a sus límites epistemológicos incurriendo inevitablemente en contradicciones, vaguedades, relativismos, acontecimientos acausales, faltas de precisión, etc., muy alejado todo ello del supuesto racionalismo que la justifica. Incluso en el método, con el auge de la simulación por ordenador, ya habitual en muchos campos, se aparta de los cánones que hasta hoy han limitado toda actividad que pudiera llamarse científica, pues al introducir un componente de azar en los cálculos y simular una realidad virtual, ¿ dónde queda el elemento empírico ?

Los aparentemente sólidos fundamentos de la vieja ciencia, la que nos ha traído el progreso tecnológico, se resquebrajan a la luz de los postulados de la nueva ciencia. Así, en mecánica cuántica se pasa del determinismo al indeterminismo, de la precisión a la probabilidad y a la incertidumbre, de una idéntica naturaleza de la luz a la dualidad onda-corpúsculo; en la teoría de la relatividad, aunque se postula un espacio-tiempo absoluto, se abstraen estos dos “a priori de la sensibilidad” en uno solo relativizando las experiencias parciales de los sistemas no inerciales; en la teoría del caos, el azar y la indeterminación desplazan a la necesidad, la ley y el orden; en cosmología se buscan galaxias de antimateria, mientras nada se puede decir -ni pensar- del segundo cero o menos uno de la hipotética expansión del Universo.

Ante las férreas limitaciones de las antiguas conceptualizaciones se crean nuevas que empujan a esta Ciencia hacia el terreno sin abonar del arte y la mística. No en vano gran parte de los padres de esta Metaciencia -por no querer llamarla Filosofía-, como Bohm, Einstein, Capra, Heisenberg o Prigogine, han abrazado un espiritualismo místico en su visión del mundo que poco tiene que ver con el paradigma de la ciencia clásica. El nuevo paradigma en el fondo proclama el paso de una verdad absoluta a la relatividad de la verdad, de la univocidad a la analogía, de la identidad a la lucha de contrarios, pero ¿no estamos aquí en el campo de juego de toda una tradición filosófica que en nuestras latitudes empieza en Heráclito y culmina en Nietzsche? O mirando desde otra perspectiva, ¿no han de recuperarse y revalorizarse entonces la magia, el espiritualismo, el conocimiento trágico o el pensamiento mítico?

Poniendo el acento sobre estos resultados sería deseable contribuir así al nacimiento de este nuevo paradigma que relativiza la Verdad hasta sus últimas consecuencias. Si a la nueva Ciencia se la sigue llamando Ciencia es solo porque sus representantes teóricos han tenido formación científica y han realizado sus investigaciones dentro del marco social de la Ciencia de siempre, convencidos de estar descubriendo verdades cada vez más íntimas, y revistiendo sus desarrollos teóricos de un complejo formalismo matemático que aleja del profano toda crítica de los mismos. El que la nueva Ciencia siga llamándose Ciencia sería así una garantía de esta supuesta Verdad, pero ¿cómo puede ya seguir hablándose de Verdad desde esta perspectiva cuando el fundamento de la Verdad se rompe en mil pedazos bajo sus pies? Solo así podría hablarse no ya de verdad y falsedad, sino de mayor o menor adecuación de unas explicaciones a unas estructuras representativas, en línea con la idea de la Lógica moderna, formulada por primera vez por Tarski, de verdad en un sistema o estructura.


Llegados a este punto nos debemos preguntar, ¿puede la Filosofía no solo criticar sino retomar también las riendas del conocimiento? Una respuesta positiva pasa inevitablemente porque la Filosofía abandone sus prejuicios racionalistas, su vocación sistemática y acepte el devenir, la analogía, el mito, la memoria, el tiempo, con la mirada puesta no ya en la verdad sino en el sentido, fundiéndose con el arte. Pero la pregunta por la Filosofía, por qué es filosofar, por la posibilidad de que la Filosofía asuma este papel liberador, desborda las pretensiones de este breve trabajo.